Por Leyson Ponce
PRESENTACIÓN:
El
siguiente trabajo resume desde la dificultad del ejercicio de la danza
como manifestación de la expresión intangible, una aproximación a
su esencia como desafío de una experiencia profunda por ser
lenguaje de una intrincada dimensión de las expresiones del alma en
movimiento. El límite entre la instancia de la escritura y de la danza
es si se quiere en este ensayo un espacio de roce, de extravío, de
encuentro y hasta de manera azarosa de una reinvención dinámica de su
permanencia como resonancia en tiempos de globalización.
“El origen de la danza es un exceso de vida”
Paul Valéry
La
danza labora en lo sobrante de la vida, sin ese espacio sobrante
sería solo vida sin excesos. Por eso la danza se sobrepone a una vida
limitante, porque es en ese “extra” donde trasciende lo ordinario
rompiendo con el tiempo en su linealidad, creando un sobre tiempo en
su energía y con ello movimientos que intentan constantemente llenar
el espacio de la incertidumbre.
¿Deberá entonces entenderse lo que está más allá de la vida como la muerte misma?.
Podemos
comprender lo que sobra como un “resto” que utiliza la vida para que
la expresión más pura del movimiento descubra formas vitales del
inconsciente como códigos de un lenguaje del alma. La danza entonces es
vida en la vida, no acepta el habla de la conciencia, utiliza ésta
para editar los sonidos de un discurso que visualiza su contenido en la
trascendencia, como un rebote, como un desafío a librar en tiempos de
contrastes y de esquizofrenia de la información.
La
frase que ha motivado el inicio de esta reflexión ha partido del
análisis que hiciera Paul Valéry sobre el arte del movimiento. No nos
deja de maravillar su ubicación en la metáfora del espacio cuando nos
sitúa en el exceso como una extra fuerza creadora, como trabajo de
todos los sentidos, más allá del cuerpo: la resonancia.
Si
bien el acto de observar la danza ha generado en grandes pensadores la
inquietud de dialogar con ella desde la palabra como una prolongación
del movimiento, la expresión de lo indecible no deja de ser un acertijo
de múltiples interpretaciones y nos ubica en la gran paradoja de
comprender que nombrar la danza tiene el pecado de limitar la
trascendencia de su configuración.
La
danza centra su vivencia en el inconsciente del creador, pero esta
vivencia es una contradicción entre la conformidad de la imagen y la
inquietud por comunicar algo que pareciese innombrable como la
esencia del Di-s Judeo Cristiano. Son las composiciones métricas o
acepciones de la palabra lo que podría permitir acercarnos a lo
indecible del movimiento como un parafrasear en el vacío. Así emerge el
gesto como codificación de ese silencio. ¿Pero es este gesto una
acción corpórea únicamente?, no lo creemos, compartimos más bien la idea
de pensar este gesto como una apertura al misticismo, a transitar por
el éxtasis místico para ser más exactos, comparado éste al mismo
orgasmo: a lo extenuante.
El
gesto es una acción que perfila la literalidad, puede regodearse con
el detalle, pero en sí, no posee identidad propia sino la infundida por
la danza como impulso de vida.
La danza como instrumento de reconocimiento a si misma: el impulso de vida.
El
acto de nombrar lo indecible es un ejercicio de revelación. Cuando
intuimos con la danza, esta nos sitúa en la fragilidad de su origen.
Surge entonces la forma que enuncia y dibuja el destello de la
creación. Un coreógrafo es la estancia de una mirada. Reestablece un
equilibrio que pareciese perdido en el inconsciente, de esta manera nos
otorga un sistema intrincado de resoluciones que conforman un orden
escénico estructurado en el pensamiento del convocado. Esta
estructura que mencionamos no es otra cosa que la codificación del
decir en el vacío. Entonces, codificar en la danza podría significar el
establecimiento y orden de lo significado por el cuerpo. Significante y
significado trascienden el equilibrio que modula todo idioma en su
sonoridad establecida, en la danza esto es un transito movible que gira
hasta el propio vértigo del intento por recuperar lo que somos en lo
que tenemos: la comunicación.
Un
coreógrafo sintoniza con sus cuerpos e invierte las cosas de la vida
para hacer que haya más vida. El impulso creador es comunicación porque
enuncia y es enunciado. Se enuncia desde lo que somos y somos aquello
que, desesperadamente moviliza el orden de las cosas con la pretensión
de crear nuevas cosas. Ahora esta cosa a la que hacemos referencia es
el intento por hacer real ese orden. Jaques Lacan teoriza generando un
concepto de la cosa o “Das Ding” a un algo muy profundo en el
inconsciente e imposible de ser conocido por el sujeto ( de allí que
sostiene su cualidad real), e introduce el concepto del objeto que
puede ser transformado. Lacan dice: “ …en la sublimación se eleva el
objeto a la dignidad de la cosa…” .
Con respecto a la sublimación Lacan se sostiene en la figura de la metáfora, en la cual hay una transformación del objeto.
Cuando aparece la sublimación por metáfora es cuando aparece el verdadero acto creador.
Lo que sucede entre la danza y la palabra
“El universo debería culminar en la hechura de un libro”
S. Mallarme
La
palabra queda desnuda y desolada en el espacio. ¿No sucede con el
bailarín interpretando el movimiento?. ¿No es el cuerpo para la danza la
palabra en el espacio?. La palabra esta detenida en el papel pero la
danza se detiene en la memoria, entre lo detenido del movimiento y lo
detenido de la palabra, recogemos la imagen que retenemos los lectores y
espectadores como una imagen para ser proferida.
El
espacio es algo vivo y en la danza labora en la memoria. Para los
danzantes el contenido espacial es un adentro y un afuera donde el
cuerpo debe ser un instrumento contingente que intente equilibrar ambas
dimensiones de lo exterior y lo interior. El cuerpo es entonces el
margen concreto entre lo que pienso y lo que hago.
El
universo de la danza es una limitación muy peculiar, porque nuestro
espacio en la creación posee su materialización en la memoria. Somos
arte intangible, pero esa cosa efímera del arte en movimiento es el
universo concreto de su representación. Los limites de la danza son
infranqueables, nos atrevemos a enunciar de manera muy disímil a la
relación que hiciera Mallarme en el nacimiento de un libro, que el
universo de la danza jamás terminara en la coreografía, porque ésta es
un cúmulo de imágenes del cuerpo más allá de la vida, en un espacio
donde la palabra todavía está como imagen para ser proferida.
Fuentes
Lander Romulo. El enigma de la creación. En VVAA Arte y Locura Museo de Bellas Artes. Caracas 1997. Pág. 256.
Valery
Paul. Filosofía de la Danza. Tomado de: Revista Universidad de México.
Ciudad de México. Numeros 602-604 Marzo-Mayo del 2001.
Roger Garaudy. Danzar su Vida. Editions du Seuil. Paris, 1973.
Stephan Mallarme. El Cisne. Revista Independencia. Parìs 1885.

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